En el siglo XVIII, al igual que en la actualidad, trabajar en la construcción o remodelación de un edificio era una profesión riesgosa y fuente de incesante preocupación para madres y esposas de quienes se dedicaban a ello.

Por tal motivo era frecuente que se dedicaran exvotos a Dios, a la Virgen o a algún santo para agradecer la protección o pedir el alivio de quienes llegaban a sufrir algun accidente.

El exvoto que aquí se presenta fue dedicado a la Virgen de la Soledad por Antonio de la Roa, quien al estar laborando en una obra de San Cosme, cayó de una altura de 13 y media varas cuando se desplomó la bóveda en la que se encontraba parado. Este recuadro se exhibe en el Museo Nacional de las Intervenciones. Conócelo en la Mediateca INAH.