Los abanicos han sido utilizados desde tiempos muy remotos, encontrándose vestigios de su uso en civilizaciones antiguas.
En el Egipto de los faraones se conocían los grandes abanicos de plumas que hoy se pueden admirar en pinturas y bajorrelieves conservados de aquel tiempo. En China la existencia del abanico puede datarse por milenios, al parecer su uso se remonta al tiempo del emperador Hsien-Yuan en el año 2697 a.C. La gran revolución en el mundo del abanico llegó cuando éste se hace plegable, invento que se le atribuye a un japonés del siglo VII de nuestra era. En el siglo XVI el abanico procedente de China y Japón, donde ya se había extendido el uso del plegable, viene a occidente siguiendo el camino de las rutas comerciales abiertas por España y Portugal. En principio era un objeto caro y raro del que sólo las damas de alto linaje podían gozar, pero pronto surge una gran industria abaniquera que se extiende por toda Europa que copia y fabrica el modelo plegable. Son precisamente estos procesos preindustriales los que permiten que el abanico se popularice y pueda ser adquirido por todas las capas sociales. En el siglo XVIII, con la extensión generalizada del abanico se produce también una variedad de formas y colores inusitada.

El abanico aquí presentado está elaborado en papel litografiado y coloreado a la acuarela con varillaje de marfil calado con aplicaciones de concha nácar y de hoja de plata dorada; en él puede observarse una familia llorando la pérdida de un ser amado, que al parecer es el padre del muchacho que llora recargado sobre la pared y con el rostro cubierto por las manos, frente a él, su madre y hermana rezan de rodillas por el alma del difunto, cuyo cuerpo se observa al fondo cubierto por una manta blanca y una corona de rosas blancas encima. La escena está enmarcada dentro de un decorado de flores donde el color predominante es el negro, símbolo de duelo. Conócelo en el Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec o en la Mediateca INAH.