Al Santo Oficio no le gustaba el baile ni el canto porque tenían que ver demasiado con el cuerpo. Y una vez cantando y bailando, era fácil descontrolarse, por eso había bailes y sones prohibidos. Durante el virreinato, el Santo Oficio perseguía a los músicos populares y a quienes bailaban y cantaban sones y jarabes prohibidos. En un testimonio de la Inquisición del 2 de marzo de 1779 “el padre Fray Francisco del Colegio de San Francisco de la Concepción Purísima de Celaya” muy preocupado por la “salud espiritual” de los feligreses denunciaba el jarabe Los panaderos por considerarlo escandaloso. Para mayor disgusto, había sido escrito por una mujer que en forma de “Demonio (que ya se fue), vino de Valladolid y dejó esa mala semilla sembrada.” Quienes tocaran o bailaran la música corrían el riesgo de ser excomulgados. Dentro de la invaluable colección Testimonio Musical de México de la fonoteca del INAH se encuentra esta pieza que ya está integrada a la Mediateca. Asimismo, es interesante el texto que acompaña al volumen, escrito por el etnólogo Arturo Warman. Disfrútenla, ya sin riesgo de excomunión.

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