Estos santos fueron los fundadores de dos ordenes religiosas: los franciscanos y las clarisas. Ambos nacieron en Asís, Italia, en el siglo XII en el seno de familias acomodadas y decidieron hacer votos de pobreza para seguir su vocación religiosa.

Santa Clara fue una fiel seguidora de San Francisco quien, a su vez, se convirtió en su guía espiritual. Por iniciativa del santo, Clara y sus hermanas –que también tenían una vocación religiosa— se establecieron en el convento de San Damián, al que pronto ingresaron más mujeres. San Francisco escribió las normas de vida para las clarisas, las cuales fueron aprobadas por el papa Inocencio III en 1215. Fue entonces cuando Santa Clara se convirtió en abadesa del convento.

En esta pintura anónima se observa el cortejo fúnebre de San Francisco, quien yace en un ataúd de madera. Santa Clara, arrodillada, toma las manos del santo entre las suyas y se despide de su maestro. Detrás de ella se encuentra otra monja clarisa y los frailes franciscanos portando velas y ciriales, junto con otros personajes eclesiásticos que acompañan al santo hacia su última morada en la iglesia San Jorge, misma en que, años después, también sería enterrada Santa Clara.

Esta pintura forma parte de una serie de cuadros de San Francisco y se encuentra en el Museo Regional de Guadalajara, conócela en la Mediateca INAH.