José Antonio de Alzate, señaló en 1831 que en la capital había “infinidad de mujeres que fabrican atole (o poleada de maíz), muchísimas nenepileras que de noche cuecen las partes útiles de cabezas de carneros y de toros, los pies de estos cuadrúpedos y los intestinos” y al amanecer se instalaban en los alrededores de las plazas y los portales. En sus puestos comían arrieros y carboneros, pero también escribanos, artesanos y gente de que venía de fuera a hacer trámites a la ciudad. Entonces, como ahora, nada había más democrático, que un puesto de comida callejera.

Esta pintura, Vendedora de comida de Manuel Serrano, realizada en el siglo XIX pertenece a la colección del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, pero puedes verla aquí en la Mediateca INAH.