Dzibilchaltún


Dzibilchaltun
Escritura en las piedras planas

Su Templo de las Siete Muñecas atrae cientos de visitantes en el equinoccio de primavera y otoño, cuando el sol atraviesa el edificio y brilla en su puerta. También son de admirar las múltiples estelas bellamente talladas y su cenote abierto de aguas limpias.


La zona arqueológica de Dzibilchaltún se localiza a 12 kilómetros al norte de la ciudad de Mérida, Yucatán. Tiene una extensión que supera los 19 kilómetros cuadrados y en ella se conservan restos de diversos asentamientos prehispánicos de épocas diferentes. La Plaza Central, tal y como se encuentra actualmente, corresponde a un periodo de ocupación asociado con el Clásico Tardío (entre los años 850 y 1100 de nuestra era). Sin embargo, durante la exploración de las estructuras que circundan el Cenote Xlacah se descubrieron edificaciones más antiguas, probablemente de mediados del Preclásico (alrededor del 600 a.C.), enterradas en el relleno de estructuras más recientes. A pesar de que el centro del sitio que ahora conocemos como Dzibilchaltún fue ocupado desde temprana edad, hubo un asentamiento bastante más grande e influyente a unos cuantos kilómetros al norponiente, llamado Komchén. Durante la última etapa del Posclásico y gran parte del Clásico, Komchén dominó la región norponiente de la península de Yucatán, probablemente gracias a la explotación y distribución de sal, recurso importante que intercambiaban por jadeíta de la región del río Motagua, en la actual frontera de Guatemala y Honduras, así como cerámica del Petén Central y el oeste de Chiapas.

Para finales del Clásico, Dzibilchaltún reemplazó a Komchén en el control regional del norponiente de la península. Una vasta población, tal vez cercana a los 25,000 habitantes, ocupó las inmediaciones de un centro cívico-ceremonial articulado por tres grandes plazas y cinco largas avenidas pavimentadas con mortero de cal, razón por la cual se les conoce en maya como sacbeo’ob (sacbé en singular, cuya traducción libre sería “camino blanco”). Es probable que durante el Clásico Tardío (alrededor del 800 de nuestra era) el sitio haya llevado un nombre cuya traducción libre podría ser “Donde los cinco nacen de la boca de la Serpiente Celeste”, el cual hace alusión a las tetrarquías divinas que habitan las diversas regiones del mundo, según el pensamiento prehispánico, como los cuatro K’awiles, Bacabes o Pahuatunes que ocupan los cuatro puntos cardinales del cielo. En este caso, puede tratarse de una agrupación de cinco deidades asociadas con la Vía Láctea, descrita a veces como una serpiente celeste que ocupa el cielo nocturno. El hecho de que la estructura urbana del asentamiento del Clásico Tardío incluyera un sistema de avenidas pavimentadas cuya orientación concuerda con alineaciones hacia los cuatro puntos cardinales, en un patrón simétrico que surge de un par de plazas centrales, sugiere que el nombre del sitio estaba directamente asociado con la forma de la ciudad.

La exploración de Dzibilchaltún incluye dos grandes periodos de investigación. El primero fue encabezado por un arqueólogo norteamericano Wyllis Andrews IV, quien antes de la Segunda Guerra Mundial dirigió la conformación de uno de los primeros mapas arqueológicos en Mesoamérica junto con George Stuart, de la National Geographic Society. Posteriormente, a finales de los años cincuenta, Andrews regresó con un equipo de investigadores del Middle American Research Institute, de la Universidad de Tulane, junto con exploradores de la National Geographic Society, quienes laboraron bajo la supervisión del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Este equipo de investigadores realizó durante una década trabajos en la zona, incluyendo la exploración subacuática del Cenote Xlacah y la restauración del Templo de las Siete Muñecas, así como el mapeo de un área cercana a los 20 kilómetros cuadrados. El segundo periodo de exploraciones ha estado a cargo del arqueólogo mexicano Rubén Maldonado Cárdenas, quien desde finales de los años noventa ha dedicado gran parte de su carrera profesional a Dzibilchaltún. Prácticamente todas las estructuras que circundan la Plaza Central fueron exploradas y consolidadas por su equipo a lo largo de dos décadas de trabajo. Destaca el hallazgo del entierro de un importante monarca del Clásico Tardío, conocido como Kalomte’ Uk’uw Ux Chan Chaak.

El Templo del Sol o Casa de las Siete Muñecas, llamada así por siete figuras humanas de cerámica encontradas durante las excavaciones de la década de 1950, es una estructura piramidal de base cuadrangular, dos cuerpos, altura mediana y escalinatas en los cuatro lados, amplias y muy trabajadas, que culmina en un airoso templo techado con puertas al este y el oeste. En los equinoccios de primavera y otoño (hacia el 21 de marzo y el 21 de septiembre), al amanecer, el intenso brillo del sol llega por un momento a atravesar ambas puertas del adoratorio en la cima, señal que —se creía— enviaba Kinich Ahau, el dios sol, de que había llegado el tiempo de la siembra o de la cosecha; los astrónomos y constructores mayas tuvieron buen cuidado de lograr ese prodigio.

De las calzadas recubiertas de piedra que conserva la ciudad, y que la comunican del centro a su periferia, una muy larga la conecta con otros conjuntos de la zona, en especial con el adoratorio de la estela mayor, con su gran escalinata, las habitaciones descubiertas del Grupo 4, y las estructuras piramidales que bordean su curso hasta llegar al cenote de Xlacah, “Pueblo Viejo”, de aguas cristalinas. El cenote mide unos 40 metros de ancho por 100 de largo y 40 de profundidad, uno de los mayores de la península, y de él se han rescatado objetos arqueológicos, sobre todo vasijas de cerámica. Antes de llegar al cenote se pasa por una notable capilla abierta construida por los franciscanos en el siglo XVI, poco después de la conquista española. La culminación de la visita puede muy bien ser el rico y excelentemente montado Museo del Pueblo Maya.



INFORMACIÓN PRÁCTICA

Lunes a domingo de 8:00 a 17:00 hrs
$65.00 pesos
Su Templo de las Siete Muñecas atrae cientos de visitantes en el equinoccio de primavera y otoño, cuando el sol atraviesa el edificio y brilla en su puerta. También son de admirar las múltiples estelas bellamente talladas y su cenote abierto de aguas limpias.

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